LADRO, LUEGO EXISTO

En cuanto lo vi venir corriendo hacia nosotros sentí un impulso loco de encontrarme con él. Pero era algo diferente a lo que había experimentado cuando veía a algún perro en el parque, en esta ocasión no me importaba tanto el juego como acercarme a olfatear y mordisquear a ese guapísimo labrador negro que aceleraba su carrera para saludarnos.

En cuanto nos alcanzó, lo primero que hizo Bruno fue ladrarle como loco. Afortunadamente, El que no me pela lo cargó mientras La que me da de comer le procuraba algunos mimos a nuestro nuevo amigo, Arak. Lo extraño fue que no me puse celosa de que él recibiera las caricias, ¡sino de que ella estaba acaparando la atención que Arak debía dedicarme a mí! ¡Qué confusión! ¿Habría comido algo venenosos entre todas las golosinas que encontré en el camino desde el lago?

Parece que a La que me da de comer le cayó bien Arak, pues cuando lo soltó y los dos empezamos a olfatearnos se mostró muy complacida, tanto ella como El que no me pela se reían mucho mientras Bruno sólo gruñía desde sus brazos. Es lo último que recuerdo de ellos. Sólo sé que el aroma de Arak me enloqueció y no puede concentrarme en nada más que en él, así que en cuanto me invitó a explorar los alrededores y enseñarme todas sus guaridas, no lo dudé ni un instante y nos echamos a correr.

Creo que a la distancia se alcanzaban a oír los ladridos de La que me da de comer llamándome para que regresara, pero era tanta la emoción que dominaba todo mi cuerpo, que por primera vez en mi vida me separé de mi manada sin tener la certeza de saber dónde podría encontrarla. Arak me dijo que conocía bien el camino de regreso, que su cueva estaba junto a la mía y ya llevaba viviendo aquí mucho tiempo, así que me dejé llevar.

Arak se las sabía de todas todas. Corrimos entre los árboles del bosque y me enseñó donde está el depósito de basura de una casa que siempre está lleno de manjares; también me llevó a ladrarle a unos perros encerrados tras una puerta metálica muy engreídos que hicieron mucho coraje cuando les presumimos nuestra libertad; nos refrescamos en un río cercano y nos revolcamos en los charcos de lodo que lo rodeaban. Luego perseguimos una ardilla hasta una cueva y el buen Arak la cazó justo cuando estaba a punto de escaparse y me la regaló para jugar. Me la pasé de pocas pulgas con él, ¡nunca había conocido a un can tan divertido, ágil, fuerte, generoso y guapo!

De pronto nos dimos cuenta que ya estaba oscureciendo, mi manada seguramente estaría preocupada, así que dejamos a la ardilla y decidimos regresar. Corrimos juntos, jugando a rebasarnos, pero siempre a la misma velocidad. Al acercarnos a la cueva puede ver a La que me da de comer que estaba platicando con la mamá de Arak. Esto me tranquilizó, pues Arak me aseguró que ella intercedería para que no me fuera tan mal con el regaño.

Y así fue. La que me da de comer me abrazó, me pidió que no me diera así a la fuga nunca más y le avisó a El que no me pela que ya estaba de vuelta por ese juguete con botones que me encanta morder. Todo resultó tan bien que ni me la podía creer, incluso me dejaron invitar a Arak a que pasara a la cueva y compartiera mis croquetas mientras el pobre de Bruno se quedó encerrado en el jardín.

No puedo esperar a volver a la cueva del bosque y aún no me explico qué es esto que siento en mi panza cada vez que me acuerdo de Arak. ¿O será hambre? Voy a buscar algo para comer… ¡Mmmh! Dejaron abierta la alacena, hay que aprovechar. ¡Woof!

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