LADRO, LUEGO EXISTO

Deberían ver al Cachorro, está tan divertido, jugar con él equivale a un paseo largo y de alto impacto. Atrás quedó ese bultito llorón y dormilón que no hacía gran cosa. Ahora se mueve sin parar, avienta juguetes, muerde, abraza, se trepa en mí, persigue a Bruno, explora rincones, agarra la comida con su manita, balbucea ladridos, y ríe y ríe a carcajadas sin parar.

Me encanta, pero hay días que me cansa, pues aunque La que me da de comer le enseña a tratarnos civilizadamente, el Cachorro a veces quiere experimentar jalándome las cola, las orejas o el pelaje, y otras se entretiene picándome la nariz y hasta los ojos. Bruno de plano se va a otro cuarto o se refugia debajo de la cama, pues a él la relación con los niños no se le da muy bien.

Pero qué se le va a hacer, la verdad es que quiero tanto al condenado Cachorro que he descubierto una paciencia infinita y una delicadeza que hasta antes no había aflorado en mí. La que me da de comer y El que ya me pela están sorprendidos de cómo dejo que el pequeño me acaricie sin mordisquear sus manitas o me quedo quietecita cuando decide usar mi lomo de almohada o de tambor. Pero así es, no me imagino otra forma de tratarlo.

Y es que él me entiende de una forma en la que mis humanos nunca podrán hacerlo, tal vez sea porque todavía no ladra como ellos y eso nos permite comunicarnos sin interferencias. Además es tan amoroso y generoso (no hay comida que no comparta conmigo, incluso su adorado mango) y nunca me regaña, sólo me observa y hasta me imita un poquito (disfruto tanto cuando le ladramos juntos a los perros que pasan).

No puedo esperar a que siga creciendo para entrenarlo en forma. Al parecer no falta mucho porque el otro día se apoyó en mí para levantarse y empezó a dar unos pasitos parado en dos patas. Yo me planté firmemente al piso para que se sintiera seguro.

Cuando El que ya me pela se dio cuenta de lo que estaba pasando corrió por su caja con botones y empezó a apuntarla hacia nosotros y hacer ruidos raros: “clic, clic, clic…”, mientras animaba al Cachorro a seguir caminando. Fue increíble sentir sus manitas llenas de confianza afianzadas a mi lomo.

Estoy tan emocionada, he sido testigo de dos momento cruciales para el Cachorro: cuando aprendió a caminar en cuatro patas y ahora, en dos. Para que mejore su técnica de avance, mis humanos le compraron un carrito que debe empujar, pero la verdad es que ni a él ni a mí nos gusta mucho, preferimos que vaya agarrado a mi lomo mientras caminamos juntos, yo muy despacito para que no se caiga. Él se ríe mucho y a mí me da un gusto enorme hacerlo tan feliz. Es entonces cuando la vida cobra pleno sentido.

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