LADRO, LUEGO EXISTO

La luna llena por estos lares hace que en los alrededores de la cueva todo cobre un tono azulado y aparezcan formas fascinantes. La verdad es que lo mío lo mío no es eso de andar observando, sino más bien olfateando, pero cuando esa pelotota blanca alumbra las calles oscuras de la colonia, los paseos nocturnos se vuelven harto interesantes. A Bruno y a mí nos encanta perseguir las sombras que se mueven en cuanto nos acercamos para ocultarse debajo de las latas con ruedas u otros escondrijos inaccesibles para nuestras patitas, nunca sabemos a ciencia cierta si fue un animal o la hoja de una palmera arrastrada por el viento lo que nos invito a perseguirlo, pero siempre es divertido.

Lo que sí hemos aprendido es que por la noche no es muy buena idea meterse entre la maleza, pues ahí pueden estar las tripas que se arrastran y las [url=http://echameelperro.mx/blog-detalle.php?n=10&t=911]ponzoñas[/url] de tenazas y cola levantada (ladra nuestra vecina Cuquis que aquí son bien bravas, que hasta te pueden matar con su veneno). Aunque, bueno, una tiene sus debilidades y a mí lo único que me puede orillar a internarme en un baldío lleno de vegetación en plena oscuridad es el aroma delicioso de unos jitomatitos diminutos que crecen por aquí, ¡son deliciosos y no tan fáciles de encontrar!

Justo esos jitomatitos fueron los que me metieron en el predicamento en el que estoy. Iba yo caminando bien campante en mi paseo nocturno bajo la luna cuando el aroma de mis vegetales favoritos me condujo al interior de un terreno solitario. Disfrutaba de mi suculento hallazgo cuando escuché una especie de aullido pero más agudo, algo así como “miau, miau, miau”. Me acerqué para ver qué era lo que producía ese sonido y emanaba ese olor que nunca había sentido tan cerca… ¡Woof! ¡Eran unos gatos muy pequeñitos dentro de una camita!

Mi primera reacción fue ladrarles, pero los vi tan asustados y tiernuchis que me contuve. Los olfateé mientras ellos se quedaron petrificados de terror. Así estuvieron un rato, pero cuando vieron que no les quería hacer daño comenzaron a rodearme y olfatearme de regreso, hubo uno que incluso se atrevió a jugar conmigo un poco. Me imaginé que ya habían conocido a algún perro en su corta vida y que éste los había tratado bien, porque jamás algún gato se había acercado a mí de esa manera. En eso andábamos cuando El que ya me pela me llamó por vigésima vez y tuve que regresar. Por más que quise que me acompañara con los gatitos, no lo logré.

No pude dormir bien pensando en los pobres gatitos, ¿y si se los come una de las tripas que se arrastran o se encuentran con los perros del mal? Ya por la mañana le mostré mi correa con insistencia a La que me da de comer hasta que me sacó a pasear. Cuando vio que corrí hasta el terreno, me siguió (fue plan con maña, ya sabía que iba a querer alcanzarme). Por suerte los gatitos estaban sanos y salvos. La que me da de comer emitió un aullido agudo en cuanto los vio “¡Aaaaay, qué lindos! ¿Cómo pudieron abandonarlos?”. La que me da de comer batalló un poco para meterlos en su cama pues los mininos estaban un poco asustados, pero al final los agarró a todos y nos enfilamos rumbo a la cueva.

Me sentía muy feliz y orgullosa de haber rescatado a los gatitos hasta que toda la atención se volcó sobre ellos. Hasta El que ya me pela me dejo de pelar un poco para mimarlos, a pesar de que lo hacen estornudar mucho. Su comida es más suavecita, les dan lechita para tomar y les cambiaron su camita sucia por una nueva bien grandota.

Estoy muy celosa, pero casi siempre cuando la furia comienza a apoderarse de mí y empiezo a dudar si debí haberlos devorado o no, las garritas del más atrevido rascándome la orejita y las pequeñas fauces de los demás mordiéndome las patitas me ponen de buen humor. Dice La que me da de comer que los voy a extrañar cuando les encuentren su propia cueva… ¿será?

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