LADRO, LUEGO EXISTO

No es por presumir pero soy una gran cazadora. Ya les conté de aquella vez en que La que me da de comer no valoró la presa que atrapé para la cena, pero no he cesado en mi intento de proteger a mi manada de intrusos y proveerla de alimento (o de botanas para mi paladar, las colas de lagartija son una delicia).
No siempre es una labor sencilla y divertida, incluso hay veces que implica poner en riesgo la propia vida, como sucedió esta semana. Estaba yo muy tranquila gozando de una cálida noche de verano en la terraza de la cueva cuando llegó a mí un olor particular, diferente a todo lo que había olfateado antes y que despertó mi instinto de defensa. De inmediato me puse alerta y busqué a quién o a qué pertenecía ese aroma. Todo parecía normal, pero entonces vi salir al enemigo de su escondite tras una maceta, dirigiéndose rápida y sigilosamente hacia la cueva con su cola levantada y sus dos tenazas batiéndose de un lado a otro.

Me coloqué frente a él para evitar que entrara y en cuanto me vio trató de huir. Yo no iba a permitir que se escapara y volviera a atacarnos más tarde cuando todos estuviéramos dormidos, así que fui tras él y le arrojé mi pata para abatirlo. Sentí como su cola rozó mi pelaje, pero no llegó a penetrar la piel.

Un poco atarantado huyó de nuevo y traté de atraparlo con el hocico: gran error, pues su cola logró picarme. Comencé a sentir un dolor agudo y quemante en mi cachetito. Fue entonces cuando creí que iba a perder la batalla, pero me armé de fortaleza para no dejar que el dolor me dominará –tenía que proteger a mi manada de esa ponzoña– y le lancé mi pata de nuevo con todas mis fuerzas, logrando abatirlo por completo.
Justo en ese momento, al dolor se le sumó un hormigueo y una sensación como de entumecimiento que empecé a sentir por todo el cuerpo, ni siquiera podía sostenerme en mis patitas. Afortunadamente en un instante salió La que me da de comer. Cuando vio al enemigo muerto a mi lado lo primero que hizo fue acariciarme y revisar mis heridas de guerra, “¡Pobre de mi Dorotea, te picó un alacrán! Eres una cazadora sin par, mi niña…”.
Yo sentía como La que me da de comer trataba de mantener la calma, pero en realidad estaba bastante asustada, nunca la había visto así. Eso me puso muy nerviosa. Le ladró fuertísimo a El que no me pela, quien inmediatamente me cargó y me metió a la lata con ruedas para dirigirnos a toda velocidad con el señor de la bata blanca y los piquetes.
Ahora sí hasta gusto me dio verlo. Examinó al enemigo, les dijo a La que me da de comer y a El que no pela que no era una especie muy venenosa, pero que tenía que verificar que no fuera alérgica a su ponzoña, así que me quedé en su cueva toda la noche. Me limpió la herida y me puso un piquete que hizo que el dolor despareciera.

Poco a poco fui volviendo a la normalidad hasta que el dolor y la debilidad desparecieron por completo. Lo que no se me ha quitado es el orgullo de haber defendido a mi manada y sentir el reconocimiento de todos. Lo volvería a hacer sin dudarlo, los quiero harto. ¡Woof!

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