LADRO, LUEGO EXISTO

El caos que se instaló en la cueva con la llegada del Cachorro ya se está disipando. Poco a poco hemos recuperado la rutina y La que me da de comer se ajusta rápidamente a su crío y sus horarios.

Bruno y yo pasamos unos días de angustia, pues El que no me pela había establecido un cerco que nos restringía el acceso a casi todas las áreas de la cueva, y ni qué decir de acercarnos al cachorro, prohibido totalmente. ¡Uy! Y cuando lográbamos derribar los obstáculos que nos separaban de la manda, se ponía como loco (más bipolar que La que me da de comer en sus días de gran panza), nos ladraba muy fuerte y amenazaba con poner barreras permanentes. La verdad es que sí me hizo pensar que existía la posibilidad de que nos mandaran a vivir otra cueva, como había dicho Bruno.

Claro que cuando El que no me pela salía a trabajar, los cercos eran removidos cautelosamente por La que no me pela para ser devueltos a su lugar antes de que su ser amado volviera. Esto nos tranquilizaba a Bruno y a mí, pues mientras tuviéramos su amor, aun cuando no pudiera darnos la misma atención que antes, estábamos felices de que nos permitiera acompañarla y nos hiciera sentir seguros de que no nos expulsarían de la cueva.

Un día que el Cachorro se durmió como tantas otras veces por ahí del medio día, la que me da de comer lo dejó en su sillita arriba de la cama. Me dijo que iría a echar la ropa a la lavadora y que cuidara al pequeño mientras tanto. Se me hizo raro porque siempre lo metía en su cuna, pero pensé que a lo mejor no lo quería despertar. Me sentí muy orgullosa de que me tuviera esa confianza y busqué el lugar preciso para tener la mejor vista del crío. ¡Qué tiernuchis se ve cuando duerme!

Ya me estaba contagiando el sueño cuando de repente abrió los ojos, se movió un poco y ¡de repente se volteó la silla sobre la cama! Apenas se alcanzaba a escuchar su llanto contra la colchoneta entre el ruido de la lavadora, así que ladré y ladré lo más fuerte que pude y traté de moverlo con mi hocico. Justo en eso entró corriendo La que me da de comer, lo sacó de la silla asesina y lo consoló por largo rato hasta que se volvió a dormir.

Luego ella se puso a llorar y a la que le tocó consolarla fue a mí. Me miró con los ojos inundados de lágrimas, me abrazó muy fuerte (no crean que me encanta, pero al parecer ella lo necesitaba) y luego me ladró en el tono más dulce que le he escuchado hasta ahora: “Gracias a Dios que estabas aquí”. Y ya no puso las cercas de nuevo.

Por la noche le contó todo a El que no me pela, quien la abrazó muy fuerte y la consoló un poco más. Él tampoco puso de nuevo las cercas. Ya más tarde, cuando La que no me pela y el Cachorro se durmieron, se sentó en el sillón con una cerveza y me llamó. Me acarició por largo rato y me dijo: “Creo que desde ahora tú eres la nana oficial de la casa, cuídalos mucho cuando yo no esté”. Y nos quedamos así quién sabe cuánto tiempo, unidos por el sentimiento de que compartimos la misma responsabilidad y el mismo amor.

Ya puedo estar donde está el Cachorro sin dramas, lo que me parece genial ahora que tengo la venía de protegerlo y educarlo. Como verán, empieza a moverse, así que pronto iniciaremos el entrenamiento. ¿Cuándo podrá comer jamón? ¡Ah! Por cierto, la sillita asesina fue desechada para evitar futuros accidentes.

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