LADRO, LUEGO EXISTO

Parece apenas ayer cuando las travesías en la lata con ruedas no resultaban tan complicadas, pero imagínense cómo son las cosas ahora que debemos acomodarnos en ella tres humanos e igual número de perros, más todos los cachibaches que cada uno necesita.

Dice La que me da de comer que parecemos familia Burrón. No sé muy bien qué signifique eso, pero ni el largo viaje, el vómito de Bruno ni las complicadas paradas con Bolo queriendo bajarse de los brazos de El que ya me pela para explorar los alrededores (aún no tiene todos sus piquetes) y el Cachorro corriendo y carcajeándose mientras mi humana lo persigue apuradísima, iban a hacerme desistir de ir al encuentro de Arak a la cueva del bosque.

Tardamos más que nunca en llegar, pero al fin bajamos de la lata con ruedas cuando el sol ya no brillaba en el cielo. Bolo mordía mis patitas mientras yo me asomaba
por la ventana de la lata para ver si Arak andaba por ahí, pero no logré verlo.

Entramos a la cueva del bosque, nos dieron nuestras croquetas (deberían ver a Bolo, le duran menos que a mí, parece una aspiradora) y en lo que mis humanos acomodaban todo, nosotros salimos al jardín a jugar con una pelota. En eso estaba cuando de pronto escuché un fuerte ladrido a la puerta de la cueva. Era Arak, mi Arak.

Me puse como loca a rascar la puerta para que me dejaran ir a su encuentro. La que me da de comer atendió mi petición, salí disparada y mi amado morenazo y yo jugamos y nos revolcamos en la tierra felices de vernos de nuevo.

Después del furor del añorado encuentro, Arak comenzó a olfatearme de manera extraña, yo creo que por la lechita de Bolo. Yo estaba a punto de contarle lo de nuestro pequeño cuando La que me da de comer lo sacó en brazos y le dijo: “Mira, Arak, este es tu hijo, perrillo travieso”.

Nunca había visto a Arak tan consternado. Volteó a verme, me olfateó y luego olió a Bolo por un largo rato. Se alejó, como si no le interesáramos para nada, pero parece que lo pensó mejor porque al instante volvió corriendo y brincó para alcanzar a Bolo. No dejaba de mover la cola de alegría.

La que me da de comer puso a Bolo en el piso, entonces Arak lo lamió, lo derribó y empezó a jugar con él como si se conocieran de toda la vida. Se me estrujó el corazón al verlos así a los dos, como padre e hijo. 

Durante toda nuestra estancia en la cueva del bosque Arak no se separó de nuestro lado (bueno, sólo cuando su humana lo llamaba para que se fuera a dormir a su casa). Andaba con nosotros de arriba a abajo, cuidándome a mí y a Bolito. Bruno no la pasó tan bien, pues no le gustan las visitas, así que no salió de debajo de la cama.

No cabe duda que elegí bien al padre de mi cachorro. Espero que Bolo cuando crezca sea tan equilibrado y amoroso como su papá.

Al partir, tanto Bolito como yo vivimos la despedida más triste de nuestras vidas. Arak nos siguió corriendo tras la lata con ruedas casi hasta la carretera. Y de repente se detuvo al darse cuenta de que debíamos separarnos. Yo sólo vi a través de la ventana cómo se iba haciendo chiquito y escuchaba a mi niño chillar por su papá. Es duro estar lejos de los que amas. ¡Cómo quisiera vivir siempre en la cueva del bosque!

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