LADRO, LUEGO EXISTO

La vida me menea la cola de nuevo: Pepa ya regresó con su manada y nosotros estamos estrenando una cueva de fin de semana, ¡con lago y bosque cercanos! Así o más perruchón.

El viernes pasado, La que me da de comer y El que no me pela llegaron temprano y muy contentos después de trabajar. Bruno y yo comenzamos a lamernos nerviosamente nuestras patitas porque los vimos guardando su ropa en maletas, y para los dos eso había sido hasta entonces el augurio fatal de la visita a la pensión, lejos de los mimos y el jamón.

Para nuestra muy grata sorpresa, cuando metieron las maletas a la lata con ruedas también metieron nuestras croquetas, platos, camitas y uno que otro juguete. Bruno y yo estábamos que no nos las creíamos, ¡nos iban a llevar a su viaje! Era tal nuestra sorpresa y emoción que al principio sí nos fuimos en la cajuela, pero la alegría fue tanta, que al poco rato nos brincamos al asiento de atrás para estar más cerca de nuestros humanos. Hubo algunos ladridos de su parte, algo sobre pelos y patas sucias, pero al parecer se enredaron con su propia correa, porque iban bien amarrados y no podían moverse mucho, así que ahí nos dejaron.
Yo estaba más que contenta: cada vez que abrían las ventanas sentía el viento surcar mis orejas y refrescar mi lengua, mientras un montón de aromas nuevos y deliciosos llegaban a mi nariz. Me la pasé bomba. Al que no le fue tan bien fue a Bruno, que se mareó durante todo el camino y cuando llegamos a un punto donde la lata con ruedas se mecía muchísimo, no aguantó más y vomitó todo el desayuno. Quise acercarme para ayudarlo a limpiar su desorden y que no se desperdiciaran esas croquetas que prácticamente quedaron intactas, pero La que me da de comer me lo impidió: habíamos llegado a nuestro destino.

¡Woof! No saben qué cosa. Nada más bajarnos ya nos queríamos quedar ahí para siempre: pudimos correr libremente sin temor a ser embestidos por otras latas rodantes y todo el lugar era perfecto para hacer del baño. Bruno y yo exploramos un poco, pero decidimos que lo más prudente era seguir a nuestra manada y familiarizarnos con la nueva cueva.
La que me da de comer y El que no me pela pusieron nuestras camitas en su cuarto junto a la suya (¡viva!), empezaron a acomodar cosas y luego se relajaron como nunca los había visto. Se instalaron en la terraza, platicaron, bebieron vino y cenaron algo que olía medio fuerte y había que derretir en una ollita al centro de la mesa. Me encantó poder echarme a su lado a disfrutar del momento, ¡ah, qué vida!
Al día siguiente fuimos todos juntos a hacer una caminata, Bruno y yo ya nos soltamos más y nos aventuramos a explorar rincones más recónditos, pero sin perder de vista en todo momento a nuestros humanos. Caminamos muchísimo, moría de sed y entonces empecé a olfatear agua. Corrí a buscarla y me encontré con un lago enorme. Me dio un poco de miedo al principio porque no era como la fuente del parque o la alberca de la pensión, aquí no podía ver el fondo. Sólo me acerqué a tomar agua y remojar mis huellitas en la orilla, pero vi una naranja flotando y me ganó la tentación, así que me arrojé al lago por ella. Nunca antes había experimentado una sensación similar, fue increíble. Mis patitas sabían exactamente cómo moverse y el agua no me ahogaba para nada, alcancé mi trofeo y descubrí un nuevo talento: ¡sé nadar!

La que me da de comer y el que no me pela se quedaron en la orilla con Bruno. No se metieron, pero al parecer les gustó mucho mi descubrimiento porque comenzaron a animarme y me dejaron chapotear mucho rato antes de regresarnos.
Cuando íbamos llegando a la cueva vi a lo lejos la silueta de un labrador negro bien galán, que en cuanto nos olió corrió a darnos la bienvenida. Se llama Arak y es divertidísimo. Pero de él ya les contaré más en otro momento, por lo pronto le voy a dar unas mordidas a una piña (de esas que caen de los árboles altotes) que me traje de contrabando, ¡son deliciosas!

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