LADRO, LUEGO EXISTO

Los perros de la manada fuimos atacados por unos ingratos animalitos planos que chupan sangre y se ponen gordos gordos después. Dice el señor de la bata blanca que es por el calor que estos seres despreciables aparecen en los alrededores de las cuevas y se nos suben cuando vamos a pasear, pues viven acechando sobre las ramas de las plantas esperando la oportunidad de subirse a uno de nosotros.

La cosa es que a mis humanos parece desagradarles sobremanera que estos animalitos sanguinarios estén dentro de nuestra cueva. Hubieran visto a La que me da de comer cuando los descubrió cerca de la cama de Bruno, gritó como una posesa y de inmediato ella y El que ya me pela hicieron una revisión exhaustiva de nuestros pelajes para detectar a los bichos. Al parecer teníamos varios en nuestro cuerpo, nada más que no nos habíamos dado cuenta porque cuando se adhieren a la piel su saliva hace que no sintamos nada, pero ya que comen, se ponen como pelotas y nos sueltan, y ahí sí que da mucho comezón.

Ya ven que mis humanos son muy determinados, así que de inmediato llamaron a un señor que nos sacó a todos de la cueva para echar unos líquidos mágicos que supuestamente terminarán con los malditos y diminutos glotones patones.

Mientras tanto, a nosotros nos mandaron a la pensión por dos días con la instrucción de recibir un baño y la aplicación de algo que llaman “garrapaticida”, que huele bastante feíto y nos tuvo mareados varios días.

Pero el asunto de las garrapatas no terminó ahí, al volver a la cueva fuimos recluidos en el jardín por tres días porque de repente caía de nuestro cuerpo uno que otro chupasangre mareado y moribundo, y pues La que me da de comer no quería que la cueva se volviera a llenar de los horribles bichos.

Finalmente, nos pusieron otro líquido oloroso y mareador en nuestro lomo, quesque para que no se nos vuelvan a subir las garrapatas. Dicen que como hace mucho calor aquí y nos gusta meternos al agua, nos tendrán que poner esa
cosa cada mes.

Ni modo, esto de ser perrito no es fácil. Lo bueno es que La que me da de comer ya nos vuelve a acariciar como antes, porque cuando teníamos esos bichos ni ella ni El que ya me pela se querían acercar mucho a nosotros, y evitaban que el Cachorro jugara a nuestro lado. No sé que era peor, la comezón o la falta de mimos… Mmh… Definitivamente la falta de mimos: la vida no es vida sin amor. ¡Woof!

 

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