LADRO, LUEGO EXISTO

Todo iba tan bien, éramos tan felices, realmente no entiendo lo que pasó. Desde aquella vez en que La que me da de comer rescató al ave que cacé (la cual ya fue liberada, por cierto) y El que no me pela se solidarizó conmigo, nuestra relación (la de él y yo) estaba de pelos: me sacaba a pasear solitos los dos por la mañana y por la noche (ya ven que Bruno se pelea con todo el mundo), me platicaba, me mimaba, me rascaba la panza, vaya, hasta me dejaba subirme a su cama cuando ya traía unas copitas encima.

Pero todo cambió una vez que tomamos una ruta diferente en el paseo de la noche. A mí me encantó el cambio, nuevos sitios que explorar, aromas que olfatear, más perros que saludar a través de los zaguanes, la posibilidad de encontrar algún tesoro… Ahí íbamos los dos felices, yo libre, sin la odiosa correa, explorando cada árbol, cada jardinera, cuando de pronto llega a mí el olor de un deliciosos hueso. Era un descubrimiento digno de reconocimiento, porque estaba cubierto de una materia extraña y de un olor algo desagradable, pero mi nariz de súper perro lo detectó de inmediato.
Ni tarda ni perezosa comencé a comerme mi hallazgo. La materia extraña no sabía tan mal y el hueso era pequeño. Pero qué más da, una golosina es una golosina. En eso se acerca a mí El que no me pela y me pregunta qué es lo que estoy comiendo. Yo al principio traté de evitarlo, porque debo aceptar que no soy muy compartida (de hecho, nada), sobre todo en cuanto a comida se trata, pero bueno, pensé que debía hacer un esfuerzo para complacerlo.
Entonces él metió su pata en mi boca, sacó un pedazo de la materia extraña, la analizó y después de olerla, con gran sobresaltó ladró: “¡Qué asco, Dorotea! ¡Es popó!”. El muy grosero aventó al piso mi golosina y ya no me dejó acercarme a ella. Para colmo, me puso la correa, se dirigió a la cueva gruñendo durante todo el camino y suspendió nuestros paseos juntos definitivamente.

Al llegar a la cueva La que me da de comer escuchó los ladridos de El que no me pela, se rió un poco e hizo lo que siempre hace en casos de crisis: llamó al señor de la bata blanca y los piquetes. Por suerte no hubo necesidad de ir a su fría cueva, al parecer le dijo a La que me da de comer que me dé unas pastillas dentro de una salchicha por algunos días. Eso no está tan mal (las salchichas son casi tan deliciosas como el jamón), pero extraño mucho a El que no me pela, disfrutaba mucho su compañía y sus mimos, ahora no me deja ni acercarme a él. Tendré que desplegar todos mis encantos para volver a conquistarlo, ¿alguna sugerencia?

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