LADRO, LUEGO EXISTO

Qué conmoción. Estos dos no paran, nos traen al Cachorro, a Bruno y a mí del tingo al tango. Ya nos habían anunciado algo relacionado con el trabajo de El que ya me pela, pero como no les entendimos muy bien, no los tomamos muy en serio hasta que el paseador, el encantador de perros región 4 y todos los del parque empezaron a despedirse de nosotros con suma nostalgia.

Luego llegó el día en que pusieron todos los triques de la cueva en cajas, vinieron unos señores muy grandotes a echarlas una a una en su enorme lata con ruedas dejando nuestro hogar sin una sola cobijita en la cual echarse, y para llenarnos de más angustia, La que me da de comer y El que ya me pela le entregaron las llaves de la cueva a unos desconocidos, nos treparon en nuestra lata rodante y agarramos camino quién sabe a donde. ¡Ahora quién podrá ayudarnos!

El viaje fue larguísimo, mucho más que los que habíamos emprendido a la cueva del bosque (¿será que volveré a ver a Arak algún día? ¡Auuuuu!). Tuvimos que parar muchas veces a cambiarle el pañal al Cachorro y nosotros a hacer pipí, fue muy frustrante porque no nos dejaron ir a explorar a donde queríamos, que porque nos podía atropellar alguna de las latas rodantes que circulaban a toda velocidad a nuestro lado. Bruno no la pasó muy bien como siempre (vomitó como tres veces), pero se consoló cuando conoció a una perrita sarnosa (no crean que le digo así por celos, de verdad tenía sarna) que le hizo ojitos en un restaurante donde sí pudimos correr libremente.

La incertidumbre de nuestro destino me generaba sentimientos encontrados: por un lado sabía que iba a extrañar todo lo que conocía hasta entonces, pero por otro, me emocionaba la perspectiva de una nueva aventura junto con la manada. Al final, lo único que me importa es eso: que estemos juntos, aquí o allá, en una cueva o siempre en movimiento, yo soy feliz con La que me da de comer, El que ya me pela, el Cachorro y el buen Bruno a mi lado, lo demás es secundario.

En estas cavilaciones andaba yo cuando de pronto percibí un aroma muy singular que las cortó de tajo y a la distancia divisé una enorme masa de agua rodeada de una tierra dorada que no había visto jamás. Conforme nos íbamos acercando Bruno y yo nos emocionábamos más y más, él quería ir a bautizar esos enormes árboles que tenían hojas extrañas y unas pelotas enormes en la parte más alta; yo quería perseguir el agua que se acercaba y se alejaba sin parar, haciendo un extraño ruido mientras se estrellaba con la tierra dorada: woosh, splash woosh, splash…

Pero no nos detuvimos ahí. Seguimos por la carretera y así como vimos crecer la masa de agua mientras nos acercábamos a ella, así la vimos hacerse pequeña hasta desaparecer cuando nos alejamos. Al poco rato llegamos a la nueva cueva.

Todavía tengo pendiente un largo recorrido de exploración, pero por el momento puedo decirles que está rodeada de una exuberante vegetación (hay unos pastos muy largo que saben deliciosos, ¡yumy!), casi no hay latas rodantes y hay unos extraños animales verdes con escamas que corren rápidamente cuando trato de alcanzarlos… ya encontraré la forma de atraparlos. Por lo pronto todo pinta bien por aquí, aunque el calor es un poco ingrato, hay que beber mucha agua y sacar la lengua toda el tiempo para refrescarse (deberían ver cómo suda el pobre Cachorro), pero creo que seremos muy felices en este lugar. Estamos juntos, ¿qué más podemos pedir? Bueno, tal vez que nos lleven a la masa de agua que vimos camino para acá…

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