LADRO, LUEGO EXISTO

Escribo esto desde el exilio. Una conmoción inexplicable se apoderó de la cueva y nos trajo a Bruno y a mí aquí, a la casa del encantador de perros región 4. No es que nos trate mal, a pesar de la férrea disciplina, nos alimenta y pasea sin falta y de vez en cuando nos procura algún mimo, pero estamos muy confundidos, no sabemos si regresaremos con nuestra manada ni cuándo.

La vida en la cueva tenían varios meses cambiando sutilmente. No les había comentando nada porque no se me hacía plan andar ventilando a La que me da de comer: que si está engordando sin piedad, que duerme como un oso, que ya no tiene energía para nada y camina como pato, que su bipolaridad está a todo lo que da (compra y compra juguetes y todo tipo de artefactos extraños que no me deja morder, los mete en un cuarto y me ladra bien fuerte cuando trato de entrar a buscarlos).

En fin, que a quien se ama se le acepta como es y uno trata de adaptarse a sus mudanzas, así que a pesar de que percibí un cambio avecinarse, no consideré motivo de gran preocupación su enorme panza y su aroma diferente, lo único que me provocaba era una necesidad de protegerla más, de estar a su lado el mayor tiempo posible. Y así lo hice, hasta ayer que todo fue caos y consternación.

Estábamos los tres muy contentos echaditos en la gran cama de La que me da de comer, yo recostadita en su panzota, cuando ésta comenzó a moverse (ya lo había hecho antes, una vez hasta sentí como que me pateaba). Eso siempre ponía muy feliz a La que me da de comer, pero de repente parece que comenzó a sentir mucho dolor porque gimió como nunca antes la había escuchado hacerlo. Entonces sentí la inminencia del tan presentido cambio.

Le ladró a El que no me pela, poniéndolo súper nervioso. Entonces sacaron una maleta del clóset, empezaron a respirar chistoso los dos y a ver el aparato que traen amarrado en sus patas delanteras con mucha insistencia. Así pasaron varios minutos, hasta que La que me da de comer nos miró a mí y a Bruno expectantes, y dijo: “¡Los perritos! ¿Qué vamos a hacer con ellos? Llámale a Salvador”. ¿Qué qué qué? ¡Todo menos eso, el encantador de perros región 4 no, pero si me he portado tan bien!

Salvador tardó bastante en llegar, mientras La que me da de comer se transformó radicalmente. El que no me pela tuvo que rifársela porque al parecer el dolor que ella estaba sintiendo se presentaba cada vez con más frecuencia e hizo que su característica dulzura se esfumara por completo: le gritó, lo estrujó, lo golpeó, lo beso, bueno, hubo de todo.

Cuando sonó el timbre salimos todos juntos de la cueva. Ellos con su maleta y esa gran panza doliente, y nosotros con nuestras camitas y croquetas. He de reconocerle a La que me da de comer que aun en medio de su dolor, cuando nos subieron a la lata con ruedas de Salvador, nos mimó y nos tranquilizó diciéndonos que todo iba a estar bien. No sé por qué, pero se me estrujó el corazón. Sabía que algo le pasaría y quería acompañarla, pero la puerta se cerró y sólo pude ver a través del vidrio cómo se metía en nuestra lata rodante y se alejaba a toda velocidad.

No hubo ladrido ni rascada que valiera para que nos permitieran seguirlos. Y ahora estamos aquí, esperando, añorando, deseando que La que me da de comer esté bien, que la podamos ver de nuevo pronto. La preocupación y la angustia me consumen, ahora sí ni el jamón podría ayudarme. ¡Auuuuuuuuuu!

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