LADRO, LUEGO EXISTO

Después de la llegada del Cachorro no habíamos salido de la cueva más que al parque con el paseador. Así que cuando vimos que La que me da de comer y El que no me pela llenaron la lata con ruedas de maletas, croquetas y objetos (casi el doble que lo de costumbre por eso de que el crío parece necesitar un montón de artefactos), tanto a Bruno como a mí se nos llenó el corazón de alegría y emoción.

El camino en la carretera estuvo increíble como siempre. Bueno, con excepción de que Bruno vomitó (como siempre). Llegamos a la cueva del bosque y ahí estaba Arak tomando el sol frente a su casa. Jugamos un rato mientras le contaba las nuevas sobre el Cachorro y todos los cambios en la manada. Me recomendó tener mucha paciencia pues lo que él había visto en estos casos (su humana tiene tres nietos), es que el equilibrio tarda un poco en recuperarse y la atención nunca vuelve a ser la misma, aunque se compensa con el amor del nuevo humano.

Me sentí un poco desalentada y me fui a mi cueva a recostarme junto a El que no me pela que ya había encendido la chimenea. No me peló mucho. Quise buscar a La que me da de comer, pero estaba tratando de calmar al Cachorro que lloraba sin parar. Me fui a mi camita y me dormí con la esperanza de que saliéramos a dar un largo paseo por la mañana.

Con la luz del sol llegaron las croquetas y unos cuantos mimos que me animaron un poco, pero lo que me hizo la mañana fue que El que no me pela saliera ataviado para montarse en su maquina con dos ruedas y me invitara a acompañarlo. ¡Woof! Eso sí es divertido, siempre me lleva a explorar unos lugares bien extremos. Iba tan contenta y emocionada que sin darme cuenta me crucé frente a él. Trató de esquivarme, pero no pudo recuperar el camino y cayó en una pequeña barranca, ¡tenía que ayudarlo! Bajé a toda velocidad para cerciorarme de que estuviera bien, tenía muchas heridas y al levantarse no podía mover una de sus patas delanteras, quise lamerle la sangre, pero me ladró horrible: “¡No te me acerques, me tienes harto, lárgate!”.

Mi corazón se rompió en mil pedazos, sentí que ya no me necesitaba ahora que tenía al Cachorro. Corrí y corrí llena de angustia y tristeza hasta llegar al lago. Ahí me encontré con un labrador chocolate muy guapo. Me invitó a jugar con él, pero yo no tenía ganas. Al poco rato llegaron otros tres labradores, al parecer eran sus hermanos. Los vi divirtiéndose tanto que me animé a meterme al agua con ellos. Por un instante me olvidé de todas mis penas.

Al poco rato llegó su humano con dos niñas. Me saludaron y me preguntaron si estaba perdida. Revisaron mi collar, pero yo ya desde hace tiempo me había quitado esa molesta plaquita que me puso La que me da de comer. Esperaron un rato y al ver que no aparecía nadie que me acompañara, me invitaron a su cueva.
Nos subimos todos en una gran lata con ruedas, las niñas se fueron con nosotros y nos procuraban mimos sin parar, ¡cuánto extrañaba tanta atención!

Al llegar a su cueva había una humana que nos recibió con mucho cariño. Nos dio croquetas a todos y jugamos en el jardín. En verdad era una manada muy divertida, el hombre era muy buen líder, y la mujer y las niñas también sabían cómo tratarnos para hacernos sentir seguros y felices. Me imaginé viviendo ahí, sin gritos de El que no me pela, sin llantos de Cachorro, sin las mordidas de Bruno, sin la bipolaridad de La que me da de comer. Y me puse muy triste. No serán perfectos ni muy equilibrados, pero son mi manada y con ellos es donde pertenezco. ¿Cómo haría ahora para encontrarlos de nuevo?

Al día siguiente, mientras el humano se preparaba para llevarnos a todos al lago, olfateé un aroma familiar: ¡era Arak! Se asomó por la reja de la cueva hospitalaria y me dijo que mi manada me andaba buscando. El humano se dio cuenta de todo y me dejó salir, “Buena suerte, amiga!”. Me despedí de él y toda la manada meneando la cola y corrí junto con Arak (mi héroe) hasta llegar a la cueva.

El que no me pela y La que me da de comer estaban afuera con el Cachorro en brazos. Ella traía los ojos rojos como jitomate, pero al verme se puso muy feliz, los dos me abrazaron (bueno, El que no me pela sólo podía hacerlo con un brazo porque el otro estaba inmovilizado con una cosa blanca) y mientras me acariciaban, ella le dijo al crío: “Tu Dorotea ha vuelto, bebé”. Y una sonrisita se asomó por esa pequeña boca por primera vez. ¡Valió la pena regresar!

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