LADRO, LUEGO EXISTO

Estoy agotada. Pierdo mechones de pelo todos los días. No puedo dormir bien. Me duelen mis mamas (¡Bolo ya tiene dientes!), tengo que limpiar la pipí y popó de mi cachorro a cada rato y ahora que empieza a caminar debo perseguirlo por toda la casa para evitar que se meta en problemas. ¡Se ve tan tierno, balanceándose de un lado a otro con su cuerpo en forma de telera!

No crean que me estoy quejando. No. Lo que pasa es que todo este proceso me ha hecho recordar mi llegada al mundo. Nosotros éramos más, muchos más. Seis para ser exactos. Yo no fui la más dominante, pero tampoco la más débil, aunque sí debía luchar un poco con mis hermanos por ganar una chichi.

Todos nos arremolinábamos sobre mi mamá, cuando uno no estaba llorando era otro el que se quejaba, en fin, que nos la traíamos frita. ¡Uy! Y cuando ya no quiso darnos lechita le robábamos sus croquetas. Claro que nos daba nuestros “estáte quieto”, pero en lo que aprendimos tuvo que soportar nuestras travesuras.

Casi ni recordaba a mi madre, hasta ahora. Un día me separaron de ella, me llevaron con todos mis hermanos a un lugar donde me quemaron la ingle con algo que dejo unas manchas negras, me pusieron algo bajo mi piel y me entregaron a La que me da de comer. Desde ese momento me concentré en entender a mis humanos y lidiar con el neurótico de Bruno. Mi vida al lado de mi mamá se desvaneció: su flaca figura, sus tetas colgantes, su agotamiento y su soledad, pues los humanos sólo entraban de vez en cuando a esa especie de prisión a darnos de comer, regalarlos una rápida caricia y sacar a mi madre a estirar sus patitas, quedaron atrás.

La que me da de comer dice que soy muy buena mamá. Eso me llena de orgullo y me hace muy feliz. No sólo porque cada palabra dulce de mi humana va acompañada de una caricia a mí o a Bolo, sino porque siento que de alguna u otra manera estoy honrando a mi madre. Ojalá pudiera verme y ver a su nieto. ¿Nos reconocería? ¿Sabría que somos sangre de su sangre entre tantas camadas que seguro tuvo en esa prisión?

Espero que mis hermanos hayan encontrado una manada tan amorosa como la mía y que mi humana cumpla la promesa de llevarme con el Señor de la bata blanca para que ya no tenga más perritos, pues no creo que pudiéramos integrar a más canes a la manada. Nadie merece vivir como vivió mi madre y no quiero arriesgarme a que alguno de mis hijos termine así… Les digo que el posparto me pegó duro.

Lo bueno es que pronto iremos a la cueva del bosque por unos días y seguro podremos relajarnos todos juntos… ¡Ups! ¿Qué dirá Arak del “regalito” que le llevo? ¡Muero por ver su cara!

 

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