LADRO, LUEGO EXISTO

Entrenar a un cachorro humano no es nada fácil, son demasiado obstinados y de repente estallan en llantos incontrolables o en risas eufóricas ante la menor provocación. ¡Uy! Y ni se te ocurra ponerle un estate quieto con una mordidita, porque se arma un drama de proporciones inusitadas en la que una acaba regañada y exiliada en la terraza por un buen rato.

Sin embargo, a pesar del reto que este entrenamiento supone, me complace comunicarles que mi trabajo con el Cachorro comienza a rendir frutos. 

No solo el minihumano comparte siempre su comida con nosotros (incluso hay veces que le pide jamón a La que me da de comer con la única intención de dárnoslo a nosotros, ¡yumi!), sino que es tal su amor, que en vez de jugar a ser como su mamá o su papá, le gusta pretender que es un perrito.

Sí, como lo leen. El Cachorro se autodenomina a sí mismo Sizzles, se pone en cuatro patas, ladra, pide comida como nosotros y cuando nos dicen “sit”, se sienta esperando su recompensa con la boca abierta.

Me encanta cuando hace eso, por supuesto, aunque tiene la desventaja de que Sizzles entonces se convierte en el perro favorito, que recibe más mimos, elogios y porción de comida. Pero puedo lidiar con eso.

A veces creo que el Cachorro nos comprende más que La que me da de comer o El que ya me pela. Es que él es tan natural, tan como quiere, vive el instante y se asombra con todo lo que encuentra, se acerca a todas las personas con amor
y alegría, se queja de lo que le desagrada pero lo olvida rápidamente y goza de lo que gusta, igual que nosotros.

No sé si todos los humanos nacen igual que el Cachorro y poco a poco se van llenando de preocupaciones, enojos, desconfianza y memorias que les impiden disfrutar de la vida a plenitud o aceptar sin juicios ni condenas a los que aman.

Lo que sí espero es que el entrenamiento que le estoy dando a mi minihumano contrarreste todo este absurdo y se arraigue en su interior, permitiéndole conservar su espíritu perruno siempre, para que tenga la edad que tenga y sean cuales sean las circunstancias en las que se encuentre, pueda menear la cola ante la vida y entregar al mundo su amor sin reservas, como el Sizzles que orgullosamente es ahora. Ojalá, ojalá.

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