LADRO, LUEGO EXISTO

¡Auuuuuuuuú! ¡Auuuuuuuuuuú! La depresión me embarga por completo. La que me da de comer ha encontrado un empleo, lo que significa que tiene que pasar muchas horas fuera de la cueva. Me lo dijo muy feliz unos días antes de que la pesadilla comenzara, pero no lo comprendí del todo hasta el primer día que salió de la cueva para volver una eternidad después.
Se despertó muy temprano, desayunó junto con El que no me pela a toda velocidad (Bruno y yo disfrutamos de bastantes sobritas) y se inclinó a mimarnos un poco, decirnos que nos quería, que le deseáramos suerte y pedirnos que nos portáramos bien, para luego cerrar la puerta tras de sí.
Al principio pensé que regresaría pronto, como siempre lo hacía, pero con el paso de los minutos y las horas me di cuenta de que Bruno y yo nos encontrábamos en el absoluto abandono. Mi primera reacción fue tratar de abrir la puerta para salir a buscarla, pero al parecer los humanos no pensaron en nuestras patitas cuando diseñaron ese artefacto porque por más que rasqué no pude abrir ni hacer un agujero que llegara al otro lado (aunque casi lo logro).
Imaginé lo peor, que La que me da de comer nunca regresaría, que Bruno y yo moriríamos atrapados dentro de la cueva, y lo más doloroso, pensé que nunca más volvería a percibir su olor y recibir sus cariñosas caricias, que nunca más menearía mi cola al verla ni podría darle lametazos cuando me logro colar en su cama.
Me llené de ansiedad y tristeza, me entró un deseo terrible de estar cerca de ella, así que me metí a su cuarto y saqué todos sus zapatos: uno a uno los fui mordiendo hasta que logré tranquilizarme un poco en medio de los aullidos de Bruno que estaba igual de desconcertado que yo y marcaba su territorio por toda la casa.
Seguí buscando por la cueva los rastros de La que me da de comer. Encontré mucha ropa que había usado en un cesto en el baño y lo tiré para envolverme en ella. Bruno se unió a mí y los dos nos reconfortamos bastante revolcándonos y jugando con esas prendas que nos recordaban a nuestra jefa de manada.
Al final, buscamos su rastro en las sábanas de la cama y nos recostamos ahí a esperar que ocurriera un milagro y regresara. Ni Bruno ni yo probamos bocado (nada más imagínense qué mal me sentía).
Cuando oscureció todos nuestros temores se disiparon al escuchar el ruido de la llave en la puerta. ¡Era ella! Bruno y yo salimos disparados, llenos de emoción y de júbilo, a recibirla, pero al parecer eso del empleo desató su bipolaridad porque empezó a gruñir y ladrar mientras recorría toda la cueva. Bruno y yo no entendíamos nada, y no pudimos más que meter nuestra colita entre las patas y ocultarnos debajo de la mesa a esperar que la tormenta pasara. Al poco rato llegó El que no me pela, logró calmarla y llamaron al Encantador de perros región 4 para pedirle consejo.
Desde aquél día, todas la mañanas muy temprano llega un hombre a llevarnos al parque. Nos divertimos bastante, corremos y convivimos con canes amigos, pero al regresar ella sale de nuevo al poco tiempo. Ha optado por no hacernos mucho caso antes de irse ni cuando llega. Lo bueno es que ya cuando se establece en la cueva nos saca a pasear y nos mima como siempre. Por más contradictorio que parezca, esta rutina nos apacigua un poco, aunque no dejamos de extrañarla con locura. Eso de trabajar apesta. ¡Woof!

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