LADRO, LUEGO EXISTO

Es lo más extraño que me ha pasado en la vida, no sé cómo describirlo, pero tenía una necesidad de buscar un rincón, una guarida, no tenía ni hambre ni sed. Sentía movimientos raros en mi cuerpo, pasé todo el día acostada, no tenía ánimos ni de salir a pasear.

La que me dio de comer me mimó bastante, me dijo que ya pronto se me pasaría porque no había perritos en mi panza. Llegó la noche y todo se apagó, menos las peculiares sensaciones y la incomodidad. De repente sentí la necesidad de ir al hoyo que escarbé en el jardín bajo una palmera entre varias plantas y ahí me eché.

Una bolsita salió de mí. La abrí con cuidado y encontré a un ser extraño que tenía un cordón en la panza. Lo corté con mi boca. Me comí la bolsita y lamí a esa bolita mojada de pelos, pero no lograba limpiarlo bien, pues a cada lamida que le daba, se le pegaba más tierra del otro lado. No sabía cómo sacarlo de ahí para llevarlo a mi camita. Bruno sólo me observaba sin entender nada.

La luz del sol salió y al poco tiempo vi a El que ya me pela a través de la puerta de cristal. Se extrañó mucho de verme cerca de la palmera, así que se acercó a mí. Nunca lo había visto tan sorprendido. Tomó a la bolita mojada llena de lodo entre sus manos y gritó: “¡Cielo, Dorotea tuvo un perrito! ¡Creo que está muerto!”.

La que me da de comer llegó corriendo y tomó a la bolita entre sus manos, yo brincaba y brincaba alrededor de ellos porque quería que me la devolvieran, “es mía y tengo que estar a su lado…”, pensaba. Mi humana la acercó a mí y me la sostuvo para que pudiera lamerla. Agradecí mucho su ayuda. Poco a poco, la bolita fue estirándose y comenzó a chillar muy agudo. ¡Vivía!

Me dio tanto gusto, ¿pero ahora qué? La que me da de comer me dijo que me acostara en mi camita y puso a la bolita en mi panza. Se arrastró de un lado a otro y comenzó a succionarme. ¡Eso no me gustó mucho! Pero aguanté porque vi que así dejaba de llorar y se quedaba quietecita.

Hubo llamadas al señor de la bata blanca, lamentos por no haber estado conmigo y la noticia de que la bolita era más bien un bolito. La que me da de comer no se separó de mí ni un instante, me acarició tanto como cuando yo era una cachorrita y me ayudó a que mi bolito y yo aprendiéramos cómo está la onda de la comedera y eso de estar juntos sin que yo lo aplaste.

Ya sabía que esto iba a suceder, pero sigo bastante desconcertada y algo cansada. Ahora entiendo por qué La que me da de comer estaba como trapo viejo cuando nació el Cachorro. Aunque no he podido dormir bien, estoy feliz de acurrucarme con mi bolito y sentir cómo su naricita me busca todo el tiempo. Le encanta meterse entre mis carnes y yo no puedo más que llenarme de paz y alegría cuando siento su calor y sus latidos cerca de mí… Me voy, sus chilidos me reclaman, parece que tiene hambre.

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