LADRO, LUEGO EXISTO

He descubierto que las ventajas de que corra un arroyo junto a la cueva no se limitan a revolcarse en su fresca agüita cuando salimos a pasear, sino que su cauce también puede traer tesoros jamás imaginados antes en mi vida de perro.

Yo no lo sabía, pero me voy enterando que las vacas, debajo de todos esos pelos y abundantes carnes, tienen huesos. Sí, suculentos y enormes huesos esperando para ser roídos. Lo descubrí ahora que el arroyo nos trajo el esqueleto casi entero de una, ¡qué manjar!

Iba yo caminando de lo más contenta cuando vi recostada al lado del agua la cabeza de algo que parecía un animal, pero que en vez de ojos tenía dos enormes huecos y no dejaba de mostrar los dientes. Al principio le ladré para demostrarle que estaba en mis terrenos, pero ni se inmutó. Me acerqué poco a poco y nada. Al olfatearla me di cuenta de que no había ningún peligro y que me encontraba ante una enorme y suculenta golosina, no un nuevo amigo.

¿Debía llamar a El que ya me pela e informarle de mi hallazgo? Si lo hacía seguramente me felicitaría y me haría compartirlo con toda la manada, pero si no, podría disfrutar de todos es huesos yo solita. ¡Qué difícil decisión! No quise apresurarme así que me puse a morder uno de los huesitos mientras pensaba, ¡sabía tan rico que en realidad no pude pensar nada! A lo lejos sólo escuchaba los ladridos de El que ya me pela llamándome para volver a la cueva, pero era casi imposible para mí dejar de comer y separarme de mi tesoro.

En eso escuché las patitas de Bruno cerca. Debía de estarme buscando. No quería que me robara mis huesitos y huesotes, así que con todo el dolor de mi alma, dejé de lado mi manjar y corrí a su encuentro. El que ya me pela estaba un poco molesto por mi tardanza, pero no pasó de unos cuantos gruñidos.

Ya en la cueva no podía dejar de pensar en mi tesoro, estaba tan contenta, pero a la vez me preocupaba que alguien más lo encontrara y se lo llevara. Además me dio un poco de culpa cuando La que me da de comer me dio mis croquetas y mis mimos de la noche antes de acostarnos a dormir, ¿era una mala perra por no compartirle mis huesos?

No dormí nada bien, estaba ansiosa por hincarle el diente a un huesitos, así que en cuanto El que no me pela abrió la puerta de la casa salí como una bala. Bajé al arroyo y encontré mis tesoro justo donde los había dejado. Probé uno de los que tienen dientes, estaba delicioso. Nada podía hacer que me detuviera, ni los ladridos de El que ya me pela que de repente se acallaron, ¿se habría ido a trabajar?

Los secretos generan muchas emociones, los latidos de mi corazón retumbaban en mis orejitas, sobre todo cuando escuché unos pasos que se acercaban. No era Bruno, era un humano. Esperé sin dejar de masticar. En eso vi aparece a La que me da de comer, ¡qué alegría! Me acerqué con mi hueso dentado y lo puse a sus pies para que me acompañara en mi picnic matutino, pero al parecer no le gustó mucho porque puso una cara muy extraña y me ladró: “Dorotea, ¡qué asco! ¡Te estás comiendo una vaca muerta!”.

¿Una vaca? ¡Ah!, me simpatizan las vacas, puedes correr a su alrededor y no hacen más que mirarte y decir “Muuu”, son divertidas. Y además tienen huesos que te puedes comer cuando se mueren. Qué bien, ¿y su carne y sus pelos donde estarán?

En esas cavilaciones estaba yo cuando La que me da de comer me puso la correa y me llevó a rastras de regreso a la cueva. Estaba escandalizada. Sí, sigue siendo bipolar. En fin, que ahora cada vez que salgo con El que ya me pela a pasear voy a visitar a mis huesitos y les doy algunas mordiditas, Bruno ya me robó algunos, pero ni modo. Lo que no entiendo es por qué mis humanos no aprecian que todos los días les lleve un pedazo a la cueva y lo ponga en el piso de la cocina, ¿pues qué no es ahí donde se prepara la comida para todos? Una que quiere colaborar y no la aprecian…

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