LADRO, LUEGO EXISTO

El que ya me pela tiene una faceta aventurera que desconocía. El día después de los estruendos del terror nos anunció que quería subir a la cima y pasar unas noches ahí. La que me da de comer puso el ladrido en el cielo: que si era muy peligroso, que el clima no era favorable, que nunca debe uno ir de excursión sin compañía… La cosa es que El que ya me pela se empecinó y de lo más que pudo convencerlo mi humana fue que me llevara consigo.

Al principio él se resistió un poco a la idea, pero luego mostró bastante entusiasmo, hasta me empacó una colcha para dormir que se enrosca, mis croquetitas y mis platos. Yo no tenía la menor idea de lo que me esperaba, creí que caminaríamos un poco, exploraríamos los alrededores y al final del día dormiríamos en una cueva calientita como lo había hecho todos los días de mi vida, pero El que ya me pela tenía otros planes.

Salimos a la mañana siguiente muy temprano, hacía mucho frío pero yo estaba muy emocionada. Nos subimos a la lata con ruedas hasta llegar a un bosque que no conocía, lleno de aromas nuevos y fascinantes, parecía que no había nadie más que nosotros. En cuanto El que ya me pela abrió la puerta de la lata, salí corriendo y di muchas vueltas alrededor. Él me pidió que me calmara porque podía darme mal de montaña pero, como yo no sé qué es eso, seguí mi carrera hasta que bajó su mochilota, se la echó a la espalda y me llamó para comenzar a caminar por un sendero.

Yo lo seguí gustosa. Íbamos subiendo y poco a poco el sol calentaba el entorno. De repente, así de la nada, salió a nuestro encuentro un basset hound. Se acercó a nosotros y me dijo que su nombre era Orejas, vivía solo en la montaña y era el guía que conduce a los exploradores a la cima. No tenía manada humana ni perruna, pero disfrutaba mucho de su trabajo. Me pareció la cosa más extraña, pero aceptamos su compañía durante todo el trayecto.

Orejas y yo subíamos corriendo, regresábamos con El que ya me pela y volvíamos a subir. Fue muy divertido, aunque un poco agotador. Al llegar a la cima, El que ya me pela nos dio agua y croquetas a los dos. Orejas se despidió y desapareció por el sendero que llegamos. Nosotros caminamos un poco hasta a encontrar un lugar plano donde mi humano sacó un montón de objetos extraños y comenzó a unirlos hasta formar una minicueva muy chistosa, justo de mi tamaño.

Pensé que era un gran detalle eso de hacerme un lugar para descansar antes de irnos a la cueva a dormir, pero después de explorar los alrededores y contemplar el imponente paisaje juntos, ya que oscureció, descubrí que la minicueva no era sólo para mí y que ahí pasaríamos la fría noche. El que ya me pela prendió fuego (justo lo que necesitaba para calentar mis patitas) y comenzó a cocinar un delicioso trozo de carne. Yo estaba hipnotizada ante ese manjar, y parece que él se dio cuenta, porque se compadeció de mí y lo compartió conmigo mientras me platicaba muchas cosas y me acariciaba.

Luego de cenar nos metimos a la minicueva y él se envolvió como una salchicha en la colcha que se enrosca. Yo me acosté arriba de la mía, pero el frío me calaba todita. El que ya me pela se percató de mi estado y me envolvió igual que a él. Mucho mejor, y más cuando me le arrimé y permanecimos pegaditos toda la noche. Nunca había sentido tanto frío pero tampoco tanta cercanía con mi humano.

Después de sobrevivir la helada noche, nos levantamos a la mañana siguiente y descubrimos que todo estaba cubierto de una capa blanca, húmeda, fría y resbalosa. Corrimos un poco juntos y nos deslizamos sobre ella antes de que El que ya me pela prendiera otro fuego, preparara dos sándwiches de jamón para nuestro desayuno y muy atento calentara mi agüita que se había convertido en algo parecido a una roca.

Así pasamos todo el día y una noche más: jugando, explorando y comiendo. De regreso nos encontramos con otro perro, uno más grande y peludo llamado Guante, quien fue nuestro guía en el descenso. ¡Qué buen servicio tienen en este bosque! Lo premiamos con las croquetas que no me había comido y subimos a la lata con ruedas para reunirnos con el resto de nuestra manada.

Fue un viaje increíble, me sentí tan cerca de El que ya me pela, tan unida a él, tan amada. Espero que lo volvamos a repetir pronto y que para la próxima lleve más jamón.

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